“Y así los encontró Gollum unas horas más tarde,
cuando volvió deslizándose y reptando a lo largo del sendero que descendía de
la oscuridad. Sam, sentado de espaldas contra la roca, la cabeza inclinada a un
lado, respiraba pesadamente. La cabeza de Frodo descansaba sobre las rodillas
de Sam, que apoyaba una mano morena sobre la frente blanca de Frodo mientras la
otra protegía el pecho. En los rostros de ambos había paz. Gollum los miró. Una
expresión extraña le apareció en la cara. Los ojos se apagaron, y se volvieron
de pronto grises y opacos, viejos y cansados. Se retorció, como en un espasmo
de dolor, y volvió la cabeza y miró para atrás, hacia la garganta, sacudiendo
la cabeza como si estuviese librando una lucha interior. Luego volvió a
acercarse a Frodo y extendiendo lentamente una mano trémula le tocó con cautela
la rodilla; más que tocarla, la acarició. Por un instante fugaz, si uno de los
durmientes hubiese podido observarlo, habría creído estar viendo a un hobbit
fatigado y viejo, abrumado por los años que lo habían llevado mucho más allá de
su tiempo, lejos de los amigos y parientes, y de los campos y arroyos de la
juventud; un viejo despojo hambriento y lastimoso."
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